
Cuando tomó el P3 solo quería sentarse, a pesar de que era aún muy temprano, ya se sentía muy cansada. Se despertó cuando aún no amanecía y no pudo volver a dormir. Había empezado a sentirse intranquila, pues se dio cuenta de que aquella noche tampoco tendría su idilio con el sueño (después de todo, era el único que la complacía).
Contaba ya tres días y siete horas sin poder dormir de corrido más de dos horas.... tic tac tic tac tic... cuando empezaba a invadirla el sueño se dio cuenta de que en menos de una hora amanecería, pues a pesar de que no había rastros del sol, la vecina del 517 dejó sentir sus pasos sobre las baldosas sueltas del piso. Como todos los días, se dispuso a la rutina cruel de la que no planea ser mamá cuando aún se ocupa de todo cuanto implica ser una mujer joven.
Ya, a más de tres horas de haber despertado, se encontraba recorriendo los pasos de su camino diario, camino marcado por el olor particular de la mezcla de aromas cosméticos que se aplicaba religiosamente antes de salir de casa.
Antes de notarlo, ya iba cruzando el puente que la lleva a la estación del Metro, pues, como siempre, a lo largo del camino cuentas por pagar, tareas pendientes, palabras no dichas, se anidaban en su cabeza construyendo sus efemérides. De entre tantas cosas que le fastidiaban se encontró con la combinación casi perfecta de dos de ellas, como una broma mal pensada del mismísimo demonio: dos policías que estaban parados debajo del puente miraban lascivamente la sombra de debajo de su vestido. -¿Qué se creen estos hijueputas?-, pensó y con esa actitud desafiante que tomaba cuando se sentía violentada en lo más femenino de su ser, se paró a mitad del puente a mirarlos a la cara hasta que, intimidados, dejaron de mirarla sin que antes, claro está, ella no perdiera la oportunidad de hacer escuchar su aguda voz: -¿Nunca han visto una vagina?-.
Efectivamente, al tomar el Metro, encontró un asiento vacío donde se sentó, como de costumbre, a hacer un recuento de lo que iba de su día y a planear lo que le faltaba de él. Pasó lentamente su viaje que atravesaba una ciudad entera para llegar a su destino entre sueños atrasados, malos recuerdos, y cosas por hacer. Por fin llegó el momento, en la estación de la 27 con 11 se encontró con Ánderson y fueron a buscar, una cuadra más abajo donde para el Metro, al jíbaro, y se fueron a inhalar perico al aeropuerto. Lola se sintió feliz pues hasta ahora empezaba su día.
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