viernes, 9 de marzo de 2012

El viejo oficio de barrer puentes



Día a día, cientos de transeúntes atraviesan el puente peatonal de Cañaveral. Algunos buscan entrar a este exclusivo sector de Floridablanca, otros salir de él. Día a día también, este puente se convierte en el lugar de trabajo de cuatro personas que, gracias a la exclusión social, la falta de oportunidades o el "rebusque" terminan desempeñando oficios diferentes a lo que dictaron alguna vez sus aspiraciones; uno de ellos es un vendedor de minutos, otro vende Bon Ice, una señora que vende pulseras y Enrique, el protagonista de esta crónica.


Orlando, Jaime, Freddy, su nombre real no importa, no lo pregunté. Para mi tiene cara de Enrique.

Él desempeña un oficio poco común en una de las ciudades de plástico que profesa Rubén Blades donde nada tienes, nada vales. Mañana a mañana el protagonista de esta historia se ubica en el puente peatonal y se dedica a barrerlo. Sí, a barrer un puente público por el que transitan a diario cientos de personas. Enrique no trabaja para ninguna empresa de aseo, nadie lo contrató para hacerlo, nadie le da las gracias por eso. Muchos dirían que vive de la limosna pues mientras su escoba besa la superficie de cemento su mano se extiende esperando la generosidad de aquellos que por allí pasan, quizás espera un gesto amable, más que unas monedas.

Enrique no se para en el puente solo a barrerlo o a pedir monedas, Enrique se para

en el puente a repartir bendiciones. A mí ya se me hizo costumbre escucharlo todos los días cuando me dice “que Dios la bendiga”, “qué mujer más bonita” o “corra que el bus la deja” Enrique se ha hecho un acompañante invisible en la rutina de quienes pisan ese suelo de cemento.

En su oficio él se pone el horario, “casi siempre llego a las nueve o nueve y media, pero a veces solo vengo en las tardes porque mi mujer, ella, pobrecita, a veces me tengo que quedar con ella.” Asegura en una de nuestras charlas, sin pena alguna, Enrique destapa su conmovedora vida en una de nuestras fugaces conversaciones cuando voy camino a tomar el metrolínea. –“Yo hago esto porque no tengo nada más qué hacer y no soy inválido como para sentarme a ver cómo nos morimos ella y yo. Mi esposa no se puede para de la cama, pero yo sí.”


Enrique es un hombre del campo que no tiene nada que hacer de la ciudad al que un día una negligencia médica le cambió la vida para siempre. Padre de dos hijos sale del campo luego de que a su esposa una intervención quirúrgica en la matriz la dejara con un daño severo en la columna vertebral que le impediría para siempre volver a estar de píe por sí sola. “Ella es hermosa, mi razón de vivir, ella es la que me da fuerzas para salir todos los días a barrer el puente porque este es ahora mi trabajo y trabajo es por ella, lo que hago es para su comidita y su droga. Las mujeres son lo más lindo que puso Dios sobre la tierra y los hombres estamos para trabajar por ellas.” Su día laboral termina a puertas del atardecer, su casa queda en Bosconia y como dicen por ahí, el camino es culebrero. Enrique recoge su balde, su recogedor, su escoba y su amor para volver a casa. Al otro día, de nuevo, Enrique cumplirá su cita con los transeúntes del puente de Cañaveral a quienes les barre el camino y les reparte bendiciones.

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